El timbre de la puerta llamó insistente. Eran las ocho treinta de la mañana y el dueño de la casa se apresuraba a tomar su desayuno para salir a trabajar. De mala gana el hombre hizo a un lado su taza de café y se apresuró a contestar el llamado.
—¡Ya voy, ya voy!, ¿por qué tanta prisa?.
—Telegrama para el señor Martínez. - Se oyó una voz del otro lado de la puerta -.
Efectivamente, era un mensajero que le entregó el pequeño sobre de un telegrama. Era extraño, pues el día anterior había hablado con sus padres y ellos se encontraban bien. Por lo demás no tenía más familiares. Con seguridad sería de algún amigo. Pero no tenía caso especular, dándose valor rasgó el sobre y extrajo el mensaje:
SR. MARTÍNEZ:
ME PERMITO RECORDARLE LA CITA QUE TENEMOS CONCERTADA PARA EL DÍA DE HOY A LAS NUEVE DE LA NOCHE EN LA ESQUINA DE BOLÍVAR Y VIADUCTO MIGUEL ALEMÁN. ESPERO SEA PUNTUAL.
AFECTUOSAMENTE.
El hombre se quedó extrañado, con toda seguridad se habían confundido con el apellido, tan común en esa gran ciudad. En fin, que se preocupara el verdadero interesado. A decir verdad, no tenía ni conocidos, ni amigos, ni negocios por esa parte de la ciudad. Sus negocios y diversiones estaban en la llamada Zona Rosa y su departamento en la Colonia Anzures.
Viendo el reloj, que ya marcaba las nueve menos quince, estrujó el papel y lo lanzó al cesto de la basura. Terminó su desayuno y tomando su saco y portafolios se dirigió al estacionamiento a recoger su automóvil.
El hombre llegó a su oficina y su secretaria le pasó los asuntos pendientes. Entre dictar cartas y hacer llamadas telefónicas se le pasó la mañana. A la una de la tarde hizo una llamada a Verónica, su novia, y se citaron para tomar café a las siete de la noche. A las dos de la tarde salió de su oficina para acudir a una comida de negocios. Cuando llegó al restaurante ya lo estaban esperando:
—Señor Martínez, buenas tardes, - saludó uno de los comensales - qué bueno que llegó temprano. ¿Cómo ha estado?.
- Bien Licenciado, gracias; pero dígame, ¿cómo van los negocios?.
Los hombres interrumpieron su charla para hacer su pedido al mesero que estaba junto a ellos. En cuanto el sirviente se retiró, los hombres volvieron a su conversación.
—Mi querido señor Martínez, - intervino el segundo invitado - con esta situación económica que vivimos los negocios no pueden ir bien.
—No te quejes Roberto, - apuntó el Licenciado Franco - que la realidad es que esta mal llamada “crisis” nos ha beneficiado substancialmente.
—Bueno sí, - aceptó el socio - pero yo hablo en términos generales. La realidad es que solo un reducido grupo de ciudadanos podemos decir eso, la gran mayoría tienen graves problemas.
—Pues ahora es el momento de que cerremos nuestro negocio - dijo Martínez - si ustedes están percibiendo buenas utilidades, no creo que quieran repartir todo con el “socio insaciable” que es el Fisco. Recuerden que las Pólizas de Seguros son deducibles de impuestos. De esta manera tendrán aseguradas sus instalaciones y podrán pagar las primas de las utilidades que están obteniendo.
—Es razonable lo que nos propone el Sr. Martínez, - aceptó el Lic. Franco - yo creo que deberíamos tomar esa Póliza.
En esos asuntos se les fue pasando la tarde, después de los aperitivos los tres hombres de negocios dieron cuentas de los sabrosos platillos que les fueron servidos, siempre acompañados de finos vinos de importación. Como todos los concurrentes a esos lugares, los señores pertenecían a esa dorada clase que está por encima de las vulgares necesidades económicas. Desde la cima de su posición, las brillantes nubes de la opulencia les impedían ver las angustias de abajo.
A las seis de la tarde, un tanto achispados por los vinos, los tres hombres se separaron, conviniendo en verse al día siguiente para cerrar el negocio que los había reunido. Martínez se fue contento, pues la operación le representaba una bonita suma de dinero por concepto de comisiones. Aún era temprano para ver a Verónica, por lo que entró a una cafetería a reposar la comida en tanto daba la hora de ver a su novia.
—¡Hola Martínez!, - le saludó un amigo levantando la mano para que lo viera - qué bueno que te veo hermano.
—Buenas Fernando, - contestó el saludo sentándose junto a su amigo - ¿cómo has estado?, hace tiempo que no te veía.
—Tuve que ir a San Diego a arreglar unos asuntos. A propósito, hoy tenemos un “reventón” en la casa de la Yolis, ¿vienes con nosotros?.
—No lo sé Fernando, dentro de un rato tengo que ver a Verónica, si ella está de acuerdo con todo gusto los acompañamos.
Puntual como siempre, la novia de Martínez llegó a la cafetería. Entre saludos y risas, los amigos departieron amablemente. Ya habían quedado de acuerdo en asistir a la fiesta de la Yolis, por lo que estaban haciendo tiempo para presentarse en la casa de la amiga.
—Oye Martínez, dijo el amigo, vamos dejando mi coche aquí y después de la fiesta yo les invito una copa. Podemos ir a la “disco”, ¿les parece bien?. Solo te voy pedir de favor que me lleves a ver a un pariente, no me tardo nada y es por el rumbo que vamos.
Los amigos salieron y a bordo del automóvil de Martínez se fueron por la Avenida Insurgentes.
—Por donde me voy Fernando, - preguntó Martínez -.
—Vamos a la Colonia Obrera, mira toma el Viaducto y nos salimos en Bolívar.
Sin pensar en otra cosa, los amigos entraron a la vía rápida y en pocos minutos estaban saliendo para continuar por Bolívar.
—¡Caray!, - dijo Fernando - son las nueve de la noche, espero que los viejos no se hayan acostado.
Al llegar a la esquina vieron que el semáforo estaba en “verde”, por lo que sin disminuir la velocidad giraron a la derecha. Se oyó una brusca frenada y después el estridente crujir de hierros que se retuercen y cristales que se rompen. El auto del imprudente que se había pasado el alto estaba incrustado en la portezuela izquierda. Alguien le dio la mano a Martínez en tanto le decía:
—Bienvenido señor Martínez, por un momento creí que había olvidado nuestra cita.
Volteando hacia atrás, Martínez vio los despojos de un cuerpo parecido al suyo, en tanto se elevaba del suelo en compañía de quien lo había citado.
Sergio A. Amaya S.
Junio de 1987
Irapuato, Gto.
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