viernes, 4 de febrero de 2011

NAVIDAD EN SANTA ROSA

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Hace muchos años, en un pueblecito de la Sierra de Santa Rosa, vivía una humilde familia, compuesta por el marido José, de oficio leñador y Guadalupe, su mujer, eran un matrimonio joven, pues apenas estaban a la espera del primer hijo. En esos parajes, la gente es pobre de solemnidad, pero orgullosa y trabajadora. El patrimonio de la pareja era un jacal de bajareque con techo de paja, un camastro hecho de troncos cortados por el mismo José y cubiertos con una frazada que, de tan vieja, engañaba ya el color original; una muda de ropa para el diario y una para los días de fiesta y para ir a Misa los domingos. La casa contaba con un fogón forjado de piedra y barro y las herramientas de trabajo del hombre. ¡Ah, me olvidaba!, Guadalupe tenía un hermoso rebozo de bolita del mismo Santa María del Río y que su marido le había mercado como regalo de bodas. Ese era el máximo lujo de la mujer y con él pensaba acunar a su hijo por llegar.

Cierta noche de diciembre, el 24, para ser mas preciso, una de esas noches que el viento frío corre como alma en pena entre los árboles, se encontraba el matrimonio en su jacal, ella preparando la cena, a base de frijoles y tortillas con chile y José labrando un trozo de madera, para hacer un juguete a ese hijo que esperaba con singular alegría. De pronto escucharon un tenue balido y se miraron perplejos.

—¿Oyites, José?, ha de ser un chivito perdido, sal pa fuera y mira qué es.

—Onde pasas a crer, Lupe, debe haber sido el viento, ¿Qué no?

—Que te digo que es un chivito, ta bueno, pos me asomo yo mesma.

La buena mujer asomó la cara y cual no sería su sorpresa, al mirar a un niñito envuelto en un raído sarape, miró con urgencia en todas direcciones, pero todo estaba en silencio, ni el viento soplaba. Levantó al niño, lo acunó entre sus brazos y cerró la puerta, puso la tranca y le dijo al distraído marido.

—Mira, José, nos han dejado este angelito en la puerta, ha de tener harta hambre, pos hasta chupa la cobija.

—¡Válgame la Virgen!, dijo el hombre y ora qué hacemos, pos tamos bien fregaos pa tener otra boca que alimentar.

—No te preocupes, yo le doy el caldito de mis frijoles y que chupe un cachito de mis tortillas. Mira nomás que re bonito está. Ya mañana buscaremos a su mama. Vente viejo, vamos a cenar.

El humilde matrimonio se sentó a la luz del fogón y una triste vela de sebo. Dio gracias a Dios por sus alimentos y consumieron la frugal cena. El calor del fogón y del cuerpo de Guadalupe, así como los sorbitos de caldillo de frijol que le dio al crío, lo hicieron dormir con placidez. Luego de cenar, Guadalupe lo puso en el camastro y lo descubrió para ver si no estaba sucio. Efectivamente, el niño necesitaba un pañal; sin mucho pensarlo, Guadalupe cortó la falda de su vestido de domingo y con él arropó al niño. Su marido la miraba compungido, pues de donde sacaría para comprar otro vestido a su mujer.

En el transcurso de la noche, el vientre de Guadalupe se aplanó y sus senos se hincharon de leche y, en tanto ella dormía, el bebé se pegó al seno y succionó con deleite la tibia y dulce leche de la mujer. Al sentir los movimientos en sus senos, la mujer despertó y vio con dulzura al tierno niño, que la miró y le sonrió, volviendo luego a su primaria tarea.

Nunca se supo de ninguna madre que hubiera abandonado a su hijo y todos pensaron que ese era el niño que esperaba Guadalupe. Cuando la mujer volvió a su jacal, halló un flamante vestido nuevo tendido en el camastro. Lloró de gratitud, dando gracias a Dios. El matrimonio no aclaró nada. José terminó el juguete de madera y aceptó al niño como su hijo.

Cuentan las viejas beatas que un 24 de diciembre, se vió una estrella caer en la sierra, nunca supieron donde. Pasados unos años, José salía acompañado de su hijo en busca de la leña que venderían en el mercado.

Sergio A. Amaya Santamaría
Diciembre 22 de 2010
Ciudad Juárez, Chihuahua


























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